Libros que me arañan un poquito el alma

Soltar


Encontré releyendo en notas una frase que escribí hace tiempo que dice ''No quiero sentirme culpable por romper más, no quiero volver a echar de menos, tengo que dejar de sentirme culpable por elegir las cosas que me hagan feliz, pero como duele aceptar la realidad''

Nunca se me dieron bien los cambios, aunque siempre corro detrás de ellos, como un animal asustado que busca refugio en el movimiento constante. Nunca se me han dado bien y aún así, me mantengo pegada a ellos porque la vida en general se compone de algo que jamás será estático.

Con cada cambio me consumo más y dejo una parte de mí misma que no sabía que tenía, recuperable o no, alguna vez conseguiré identificarla. 

Llevo un año trabajando en mí misma, en el tipo de relaciones que quiero tener, en como quiero tenerlas y que quiero aportar y que me aporten, en algunas de ellas soltar es la mejor de las opciones aunque jamás haya querido irme. 

Soy experta en abandonar el barco cuando éste hace aguas porque demasiados agujeros tiene ya la cubierta como para soportar el hundimiento, porque he aprendido que ponerle parches jamás funcionará.

No sé soltar, solo soy capaz de actuar como una niña que no quiere ser abandonada, que no quiere mirar a una opción en la que no existan sus versiones más auténticas, que quiere conservar la poca ilusión que le queda en un frasquito de cristal y por ello la trata como su tesoro más preciado. 

Dejar ir, soltar cuando no se puede sacar más nada es una de las decisiones más duras que podemos tomar, la más sincera de las declaraciones de amor posibles, porque nada debería ser retenido, ¿hasta qué punto podemos seguir remando en un naufragio cuando no existe tierra firme de por medio?

Siento mucho y a veces el naufragio es provocado por mí misma, por no saber soltar a tiempo acciones que no merezco, que jamás me merecí.  

Habría buscado todo tipo de soluciones posibles, pero no se puede arreglar algo que no se quiere arreglar, salvo a una misma. 

Este año he trabajado mucho, quizás, más en mi autoconocimiento que en cualquier otra faceta de mi vida, aunque la soledad es una cuestión que me aterra, aunque me siga persiguiendo cada noche.  

Si tuviese que definir el 20 como la más triste de las palabras seria pérdida, pero no de mí misma, pérdida de lazos, de conexiones, con lo reacia que soy a las despedidas y en un año he soportado más de las recomendadas, a las que jamás reprocharía nada pero que dolieron por igual. 

Me vacío de lágrimas hasta llenar de palabras cualquier tipo de vía, no pretendiendo arreglar nada con ellas pero intentando de manera desesperada poder abrazar alguna en la que sentirme cobijada durante un buen rato. 

Porque aunque crea que no, a veces me sorprendo, y a la vez aprendo. Avanzo aunque me crea estática. 

Jamás quise irme de ninguna, pero las suelto por mí misma, por creer que tras las noches y las gotas de agua salada habrá un aprendizaje nuevo y diferente, tras ellas, en el fondo busco deconstruirme de actitudes propias y después desmaterializarme de todas aquellas actitudes que nos han impuesto en función de como nos vamos adaptando en sociedad los unos con los otros. 

Lo más bonito que puedo hacer por mi misma es serme sincera delante del espejo, aunque todas aquellas ilusiones que me rondan la cabeza se mantengan recordándome que no se suelta aquello que se quiere, que todo aquello con lo que crecimos nos mueve para que mantengamos lazos que nos hagan echar raíces en algún lugar y a ser posible mejor interno, pero no nos enseñan que es más importante echarlas con una misma para que nada pueda tambalearte, para hacerte más fuerte. 

Para mí soltar juega a la cuerda floja entre lo triste y lo necesario, te suelto porque te quiero, te desvinculo de mí porque tu camino y el mío de alguna forma son diferentes y porque te acepto como eres sin necesidad de que cambies para mí. 

Para mí soltar juega a la cuerda floja y siempre acaba cayéndose, porque de alguna manera mi proceso se ha formado a través de todo aquello que he cortado, y jamás podría llamar triste a algo que te impulsa a avanzar dentro de ti mismo. 

Nos pasamos la vida soltando sin darnos cuenta de que cuanto más cortas las cuerdas que te atan, más libre eres para poder moverte sin que te tiren de los hilos.

Y a la vez me hundo, y me siento como una niña aprendiendo a nadar por primera vez a la que han tirado a una piscina en la que no hace pie, y sigo hundiéndome hasta que toco con la punta del dedo el fondo de esa fría piscina a la que nunca quise ser tirada, pero en la que emerjo a la superficie aprendiendo a nadar, en la que jamás, por mucho que me hunda acabo ahogada.

Para hablar de amor propio es necesario hablar de uno mismo hasta que te acabes aceptando a ti tanto como aceptarías al resto, para mi hablar de mi propiedad es como reformar diariamente un pensamiento que forme un lazo propio conmigo misma. 

Suelto todo lo que quiero, porque una vez quería que me soltaran y no lo hicieron y desde ese día juré no convertirme en las acciones que tanto odiaba. 

Al final, sé que lo único que no acabaré soltando es a mí misma. 

Al final sé que las noches seguirán siendo un completo silencio en el que perderme y que los días simplemente pasarán como lo hace el segundo en el que estoy escribiendo esto. 

Doy tanto como soy y viceversa, y aunque de manera autómata pueda desviarme de mi forma irreal de definir el mundo, cada vez que veo la realidad ahí fuera, construyo otro aparte. 

Ojalá todo fuera más sencillo que ahogarse en simples deseos. 

De manera intuitiva, siempre avanzo, aunque todavía siga sin saber en qué posición del tablero me encuentro, pero nunca sola porque siempre estoy conmigo, esa es otra bonita declaración de amor.

Y ahora que ha llegado diciembre y se ha instalado en mi cabeza aprendo que no puedo echarle la culpa de haber alterado la percepción de mi año porque los recuerdos son fácilmente alterables y las percepciones que tenemos sobre lo que fue y lo que está siendo y lo que pudo haber sido jamás serán iguales cada vez que se piensen.  





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